miércoles, 4 de febrero de 2009

Cornúpetos y limones

Rey con astas bien armado
En una cruel rebelión.
Rey con astas coronado,
Rey con astas de cabrón.


Como el tema de este capítulo no da para mucho, pues me consta que ser original, hablando de cuernos, no es fácil ni sencillo, he pensado hablar de los limoneros. Ignoro si alguna vez, usted que me lee, ha escuchado la historia del limonero. Ciertos autores norteamericanos, que no voy a nombrar para evitar plagios nominales, opinan que el limonero es un árbol precioso; su flor dulce y hermosa, de aromático olor; pero su fruto, en cambio, es ácido e intragable. Así visto el comentario parece una gilipollez. Y además carece de jugo. Tú vas por la calle y de repente paras a alguien y le dices: <<¡Eh! ¡Oye! Mira lo que dicen los americanos de EEUU de los limoneros>>. Y entonces le relatas el dicho. Seguro que te responde: <<¡Menuda gilipollez!>> Y con toda la razón del mundo. Pero es que la historia no acaba ahí. Si les confieso que ésta sigue, afirmando que las mujeres hermosas son como los limoneros y que tumbarse a su sombra no es recomendable, la cosa ya no parece la tontería de antes, aunque la siga siendo. A la luz de los nuevos descubrimientos en materia frutícola-femenino, entenderán mejor la profundidad y veracidad de los sabios autores estadounidenses, capaces de comparar a las mujeres con limoneros.

Quizá, y es la única pega razonable que en mi opinión se puede argumentar, las mujeres hermosas no sean ácidas, pero no se negará que, en según que momentos, como demostraré a continuación, te amargan bastante. Así pues hemos de admirar el ingenio yankee capaz de comparar a las mujeres con árboles frutales.

Todo esto lo escribo a modo de introducción para contarles algo que me ocurrió y que ejemplificará perfectamente esta forma de pensar. En cierta ocasión, en una época en la que vivía en Newcastle (el upon Tyne no el under Bryne), conocí a una chica americana de Maryland. Su nombre era Gertrudis, como no podía ser de otra forma para alguien nacido en Maryland, hogar de los Expedientes Equis. A primera vista, Gertrudis, cumplía con todos los requisitos del perfecto limonero. Conforme profundicé en el trato, sus aptitudes de flor de limonero se hicieron más que patentes. Una flor bailarina, sin duda. Nunca en mi vida nadie ha bailado tan bien conmigo. O, mejor dicho, alrededor mía, porque mi condición de bailarín es similar a la de un pingüino común, cojo de una pata y con artrosis en la otra. Hubo un momento del baile que se me pegó tanto que, haciendo mías las palabras de un egregio mostacho, pensé que me saldría por la espalda. La limonera estaba acostumbrada a este tipo de actuaciones porque, según me fijé, aquella noche estuvo a punto de salir por las espaldas de otros muchachos que aspiraban a gozar con el encanto de aquella flor de Maryland.

Sabiendo que como bailarín mis posibilidades de éxito, caso de haberlas, se reducían infinitamente, traté de llevarla a mi campo. Debo admitir, no sin tristeza, que mi campo de acción está basado en el regadío de los limoneros con abundante líquido alcohólico. Con Gertrudis no hubo ningún tipo de problema y el regadío surtió efecto a las mil maravillas. En poco tiempo empezó a ponerse cariñosa y a rozarse. Y, como todo el mundo sabe, cuando el limonero se roza agua lleva… (puede que el refrán no sea así exactamente, pero el sentido es el mismo). No diré que en aquellos momentos me frotase las manos, porque quien se frotaba era ella, ¡y a mí nada menos! pero mi ardor juvenil se había encendido y su caldera rugía como la caldera de una antigua locomotora de vapor a toda máquina a la que alimentasen con madera de algún árbol fácilmente combustible, como el limonero.

Justo antes de ofrecerme voluntario para acompañarla a su casa, en la misma puerta de la fiesta, surgió un chico, americano como ella y de nombre Eustaquio, que afirmó ser su novio. Imaginen mi sorpresa: ¡Su novio!

En un primer momento me reí, por lo descabellado de su afirmación y, amablemente, le invité a irse a paseo. Posteriormente, cuando ella lo confirmó con un beso, me reí por las marcas que sin duda debía ir dejando el pobre Eustaquio en los quicios de todas las puertas que atravesaba. Ya al final, mientras atravesaba solitario el río Tyne por el recién inaugurado puente del centenario, reí con la desesperada alegría que provoca la frustración. Lo mío fue la historia más vieja del mundo: chico conoce a limonera, chico se enamora de sus encantos, chico conoce al novio de la limonera y se queda más amargado que un limón. Mi última consideración a este respecto fue la de nunca olvidar la sabiduría popular estadounidense y su historia del limonero.

Y, para que no quede duda, y aprovechando mis recién adquiridos conocimientos de colgar canciones en las entradas, me permito el lujillo de adjuntaros la canción del limonero:





6 comentarios:

Sally dijo...

Bonita historia de la limonera, jeje! Aunque vaya mala pata lo que sucede. Menos mal que en esta vida no hay tantos limoneros ni limoneras, sinó vaya vida nos esperaría a todos! Un saludo.

Natalia Pastor dijo...

Si es que los limones y las limoneras son una caja de sorpresas....
(Me alegro de verte de nuevo por la bloggosfera.Estabas perdido.)
Un besote.

Lupiáñez dijo...

Gracias Natalia. Sí he estado algo ocupado, o perdido de la red.

Un beso para ti también.

Lupiáñez dijo...

Un saludo Sally.

Y me alegra que te haya gustado. No está basado en hechos reales, al menos no la parte en la que digo los nombres...

Un saludo y sé bienvenida.

Morgenrot dijo...

Hay una antigua canción germana, de Goethe para más precisar, que es la del " pais del limonero en flor ", y con élla se refiere a Italia. Te lo aviso por si vas.

Que las mujeres seamos ácidas, puede ser hasta maravilloso, con un poco de miel y/o azúcar, e incluso algo de alcohol, se consiguen resultados magníficos.

Los hombres , más bien serían naranjas amargas y la única solución es convertirlos en mermelada.

Pero de todo esto al desengaño, hay un paso largo. En este caso, hombres y mujeres podríamos ser manzanas relucientes por fuera y podridas en el interior.

Un fuerte abrazo

Lupiáñez dijo...

Totalmente de acuerdo, a menudo es más fácil encontrar infidelidades en el género masculino que fidelidades en el femenino. Aunque supongo que hoy en día es todo mucho más homogéneo.
Gracias por tu visita y me alegro "de verte".

Un fuerte abrazo